Revista Campoastur - Marzo 2022
Campoastur | 24 superficie, aprovechan una menor proporción de los nutrientes que ingieren. Al ser habitualmente rumiantes, tienden a emitir mayores cantidades de metano en su digestión. Pero por ser rumiantes son capaces de aprovechar (tanto en pastoreo como en condiciones intensivas) recursos difíciles de aprovechar por otros animales e incluso humanos. Esto reduce bastante la huella de carbono asociada a su alimentación. Entre los extremos mencionados existe una amplia variedad de producciones ganaderas en cuanto a sus impactos y potenciales beneficios. Esto impide cualquier valoración genérica y, una vez más, hace necesario un enfoque regionalizado. NO SOLO GASES Las emisiones de gases efecto invernadero no deben ser la única herramienta de decisión ambiental. La producción animal tiene otros impactos relevantes e importantes. Estos dependen del tipo de producción, y están asociados al consumo de recursos naturales y suelos, así como a la gestión de las excreciones de los animales. El grado de concentración ganadera dificulta (pero no imposibilita) su control, de forma que el modelo de producción intensiva es más proclive a generar problemas ambientales, mientras que la producción extensiva y en pastoreo contribuye en mayor medida a la conservación de determinados hábitats y ecosistemas. Algunos ejemplos de impactos negativos nada despreciables están relacionados con las emisiones de amoniaco y la contaminación de las aguas subterráneas por nitratos, ambas muy vinculadas a la agricultura y ganadería intensivas. También la generación de olores y el uso de antibióticos. En cualquier caso, no deben obviarse los beneficios económicos, sociales y ambientales asociados a cada tipo de producción animal. Por tanto, la imagen completa de los impactos y beneficios de ganadería es difícil de abarcar incluso para especialistas en estos temas. LA NECESIDAD DE ESTRATEGIAS CONJUNTAS La mitigación del cambio climático requiere considerar estrategias de forma conjunta, pues resulta inefectivo o incluso contraproducente centrarse en una. Podría pensarse, erróneamente, que dejar de consumir este tipo de alimentos compensaría otras emisiones como las del transporte, o viceversa. Por poner un ejemplo, un viaje de ida y vuelta en avión de Málaga a Amsterdam tiene unas emisiones comparables al consumo anual de carne de un consumidor español promedio, lo que puede dar a cada uno una idea sobre cuáles podrían ser sus prioridades climáticas. Tampoco debemos negar el papel que tienen nuestras acciones diarias. El último informe del IPCC defiende medidas coordinadas que afectan a nuestros hábitos de consumo. Es decir la forma en la que vivimos, nos desplazamos y nos alimentamos. Las mejoras ambientales asociadas a reducir el consumo de productos de origen animal son evidentes, al igual que lo es reducir otras actividades como los desplazamientos en avión y en coche. Debemos seguir trabajando para reducir aún más las emisiones de la ganadería, tanto de consumo como de producción, con una estrategia que tenga en cuenta los impactos y beneficios asociados. Por tanto, el consumo y producción de productos de origen animal no son la solución al cambio climático, pero seguramente serán parte de ella. Siempre, eso sí, de forma coordinada, regionalizada y basada en evidencias científicas. Artículo publicado en THE CONVERSATION
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